El libro de los Salmos, colección de oraciones e himnos hebreos inspirados, es posiblemente para la mayoría de los cristianos la porción mejor conocida y más amada del Antiguo Testamento. Su función principal no es la enseñanza de doctrinas y de moral, sin embargo, son útiles para expresarnos delante de Dios y meditar en sus caminos. Los Salmos son de gran beneficio para el creyente que busca ayuda de la Biblia para expresar gozos y tristezas, éxitos y fracasos, esperanzas y pesares.
El salmo 51, un salmo penitencial, fue escrito por el rey David luego de ser reprendido por el profeta Natán, a causa de su adulterio con Betsabé y por la muerte deliberada de Urías, en el campo de batalla. David reconoce su condición y la gravedad de sus pecados, por lo que busca la misericordia divina.
Esta porción bíblica nos muestra los pasos que debemos dar cuando pecamos, para lograr el perdón, la renovación y consagración de nuestra vida ante el Señor.
I. Clamor y confesión
1. Ten piedad de mí, oh Dios.
Este clamor desesperado implorando misericordia, expresa el reconocimiento de la culpa. Cuán difícil es para el ser humano expresar que ha fallado. Pero si no hay aceptación, si se rechaza el haberse equivocado, no se da la oportunidad de ser perdonado. Es necesario un ruego de todo corazón para alcanzar el perdón. El pecado no debe negarse, pues a Dios no lo podemos engañar ni tampoco a nuestra conciencia que nos acusa, nos condena y nos destruye por la culpa. Solo nos libramos del peso del pecado, confesándolo, implorando el perdón divino y apartándonos de él. El que encubre sus pecados no prosperará; mas el que los confiesa y se aparta alcanzará misericordia (Proverbios 28:13).
2. Borra mis rebeliones.
David continúa su ruego dando a entender que su vida está totalmente manchada por el mal cometido. Él dice: Borra mis rebeliones […] límpiame de mi pecado. La razón es que su pecado lo confronta, lo acusa y no lo deja estar en paz. Reconoce también que ha pecado no solo ante los hombres, sino contra Dios mismo. ¡Cuán terrible es estar en esa situación que aniquila y hace sentir tan mal!, tan es así que David magnifica su pecado y declara: He aquí, en maldad he sido formado, y en pecado me concibió mi madre (v. 5). Tan mal se sentía, que afirma que desde su engendramiento es pecador. Esto levanta las siguientes interrogantes: ¿Es pecado la relación sexual aprobada por Dios en el matrimonio?, ¿qué no dijo el Todopoderoso: fructificad y multiplicaos y henchid la tierra?, ¿fue pecaminosa la concepción de David?, ¿se aplica el pecado original a los niños antes de nacer? Desde luego que no. Jesús dijo: dejad a los niños venir a mí, y no se lo impidáis; porque de los tales es el reino de los cielos (Mateo 19:14). Vea también Génesis 1:28 y 8:21.
Tan mal se sentía David que lo expresa así de una manera hiperbólica. Es necesario distinguir el lenguaje figurado que se usa en este verso: ¿Quién de nosotros, al cantar el himno Castillo fuerte es nuestro Dios, ¿supondría que Dios es en realidad ese tipo de fortificación o pared impenetrable? Entendemos que “Castillo fuerte” es una forma figurada de pensar acerca de Dios. Del mismo modo, cuando el salmista dice: Y en pecado me concibió mi madre (Salmo 51:5), no está estableciendo la doctrina de que la concepción es pecado ni de que todas las concepciones sean pecado, ni de que su madre fuera pecadora por quedar encinta, ni de que el pecado original se aplica a los niños antes de nacer, ni nada parecido. El salmista ha usado la hipérbole -o exageración con propósito- para expresar enérgicamente que él es pecador. Al leer un salmo, no deben derivarse de él nociones que nunca tuvo el autor inspirado que lo compuso.
3. Purifícame y lávame (vv. 7-9).
David hace un segundo ruego: Purifícame con hisopo, y seré limpio, lávame, y seré más blanco que la nieve. El salmista alude aquí al limpiamiento ceremonial de los pecados según Levítico 14:4, 7. El hisopo, arbusto pequeño de ramas con tupido follaje, se mojaba en sangre y se usaba para la purificación de personas y cosas.
Para los creyentes del Nuevo Testamento, esa purificación y limpieza de los pecados se logra así: Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad […], la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado (1 Juan: 9 y 7b).
Así que también necesitamos pedir limpieza de toda maldad, después de la confesión ante Dios de todos nuestros pecados.
Además, se pide gozo y alegría como consecuencia del perdón, limpieza y comunión con el Eterno.
II. Renovación (vv. 10-12)
El ruego siguiente es por la renovación y la restauración a una vida llena del Espíritu de Dios: Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio. La renovación, el cambio debe venir de un corazón limpio sin engaños, envidias, concupiscencia y todo tipo de maldad. Si Dios no cambia nuestro ser interno, “corazón”, seguiríamos viviendo en pecado. Pablo diría: De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas (2 Corintios 5:17).
Qué importante es pedir “un corazón nuevo” y un “espíritu recto”: Dios mío, no me dejes tener malos pensamientos; cambia mi ser. No me apartes de ti; ¡no quites de mí tu Santo Espíritu! Dame tu ayuda y tu apoyo; enséñame a ser obediente y así volveré a ser feliz (vv. 10-12, TLA).
La presencia santificadora del Espíritu de Dios nos ayuda a no caer en pecado y a ser obedientes y felices. Pidamos esta renovación a nuestro Padre celestial.
Luego de todos esos cambios, no podemos dejar de decir, de hablar de “las cosas grandes y maravillosas que Dios hace con cada pecador arrepentido, confeso y renovado”.
III. Proclamación (vv. 13, 15)
Este es el punto final en que un creyente perdonado, lavado, restaurado y gozoso, promete hacer para que las gentes perdidas, para que, quienes viven sumidos en la depresión, la culpa, la condenación y la desesperación por causa de su pecado, conozcan de la misericordia, el amor y el perdón de Dios. El rey David promete a Dios: Entonces enseñaré a los transgresores tus caminos, y los pecadores se convertirán a ti (v.13). Y pide al Todopoderoso, misericordioso y clemente: Señor abre mis labios, y publicará mi boca tu alabanza (v. 15).
Así lo escribió el salmista, su testimonio y enseñanza han impactado a muchos a través de los siglos. Nosotros, a quienes Dios ha perdonado todos nuestros pecados repetidamente en nuestra vida, debemos enseñar con la palabra, ejemplo y acción la restauración, la renovación que hemos recibido y estamos recibiendo del Señor. Con ese testimonio vital y actual, también podemos afirmar: Y los pecadores se convertirán a ti (v. 13). Que sea esta una realidad en nuestros labios, vida, mente y corazón, así alegraremos el corazón de Dios, el nuestro, el de la Iglesia y también el de los pecadores arrepentidos.
IV. Reflexión y oración (vv. 15-19)
Este salmo finaliza con una reflexión y una oración. Los sacrificios externos, aunque ordenados por Dios en el Antiguo Testamento, tenían la función de enseñar al pueblo que Dios pide lo más valioso del ser humano: su corazón. El pueblo no lo entendió, seguía pecando y luego llevaba sus sacrificios y el Señor ya no se agradó de ellos. David reconoce esto y afirma: Porque no quieres sacrificio, que yo lo daría; no quieres holocaustos (v. 16). Él comprendió lo que agrada al Señor: Los sacrificios de Dios son el espíritu quebrantado; al corazón contrito y humillado no despreciarás tú, oh Dios (v. 17). El Eterno no se goza en los sacrificios externos, superfluos y pasajeros. Se goza, se deleita en el creyente fiel, humilde y arrepentido que le pide perdón y se humilla ante Él.
Para ti, la mejor ofrenda es la humildad. Tú, mi Dios, no desprecias a quien con sinceridad se humilla y se arrepiente (Salmo 51:17, TLA). Hagamos nuestra la confesión y ruego de este salmo, busquemos la piedad y misericordia divinas. Él nos ama, quiere perdonarnos, santificarnos y convertirnos en fieles anunciadores de su amor perdonador. ¡Dios tenga misericordia de nosotros y nos renueve en santidad y amor!
